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En Mandiram Urquinaona

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Del miedo a la calma: cómo el yoga me ayudó a sanar la ansiedad y la depresión postparto





 En mi último artículo hablé sobre la salud mental desde un panorama general.

Hoy me gustaría hacerlo en primera persona, desde mi propia experiencia con estas problemáticas.

Desde muy pequeña, la ansiedad me acompañó de forma silenciosa, provocándome distintos tipos de trastornos, sobre todo a la hora de comunicarme con los demás o mantener la atención en las clases.
Me avergonzaba, me bloqueaba, y no podía hablar cuando la maestra me hacía una pregunta.
Ni mi madre pudo entender lo que me pasaba, porque en aquel entonces la ansiedad no era reconocida como una enfermedad, y mis síntomas pasaban desapercibidos.

Cuando la profesora me llamaba, sentía un temblor profundo, una niebla en la cabeza y me quedaba completamente en blanco.
Era una niña asustada, viviendo año tras año con las mismas sensaciones, sin poder explicarlas. Me sentía fatal, con la sensación de morir cada vez que me exponía.

A los 20 años, en mi primera clase de yoga, sentí por primera vez que podía respirar con libertad.
Fue el comienzo de un cambio: poco a poco logré controlar esos excesos y aliviar la tensión física y mental.
El yoga me permitió no temer a la gente nueva ni a la comunicación; me ayudó a reconectarme conmigo misma.

Más adelante, ya viviendo en Barcelona y con 30 años, comencé a leer sobre la ansiedad y comprendí que aquello que me había acompañado desde la infancia tenía un nombre.
Descubrí también que la raíz estaba en mi entorno familiar: los malos tratos y las discusiones entre mis padres, los gritos, el miedo constante… todo eso me había marcado profundamente, generando inseguridad y miedo que se transformaron en ansiedad.

Hoy puedo decir que el yoga y la meditación son mis herramientas para convivir con ella, no para evitarla.
Aprendí que no se trata de eliminar la ansiedad, sino de reconocerla como una señal, una alerta que me ayuda a anticipar el desborde y cuidar de mí antes de que sea tarde.

Cuando nació mi hijo, un día comencé a llorar sin parar.
No entendía lo que me ocurría, pero sentía que algo no estaba bien.
Una terapeuta me confirmó que estaba atravesando una depresión postparto, y que debía tratarla.
Era madre soltera y, en ese momento, la carga emocional era enorme.
El estrés, la falta de sueño y las preocupaciones comenzaron a afectar también mi cuerpo: perdí cabello, desarrollé ciática y me sentía completamente agotada.

Decidí actuar.
Cambié mi alimentación, volví a practicar yoga, comencé terapia individual y de grupo, y poco a poco recuperé la energía.
Me propuse estudiar, cuidar mi aspecto, abrirme a nuevas amistades y compartir mis experiencias con otras madres.
Ese fue el punto de inflexión que me dio coraje para sostenerme a mí y a mi hijo.

Hoy él tiene 21 años y es independiente.
Yo sigo practicando yoga, aprendiendo y comenzando una nueva etapa con actitud positiva y más conciencia sobre la vida y cómo gestionarla desde mi interior.
La vida siempre nos da sorpresas —no todas positivas—, pero está en nosotros elegir cómo mirarlas, por dónde caminar y qué aprender de ellas.

Quiero terminar invitándote, si estás pasando por un momento difícil, a buscar ayuda profesional.
Los terapeutas y guías están para acompañarnos cuando no podemos hacerlo solos.
Pedir ayuda no es debilidad, es un acto de amor y valentía hacia uno mismo. 💜

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